Por ser descuidada

Me gustaba llevar mi pelo rizo, vestir ropa colorida. Lucir aretes grandes y pomposos. Bailar con soltura, kizomba, zouk, kompa…cualquiera de esos ritmos pegajosos que al compás del tambor te resuena en las caderas. Era feliz. Nunca tuve dudas de mi herencia africana, nunca, hasta aquel día.

Era sábado, un hermoso sábado ahora que lo recuerdo. Estaba en los ensayos de coro de mi secundaria practicando una hermosa canción para el concierto de que se avecinaba. Al finalizar, lo único que tenía en la cabeza era “comida”, tal vez por eso llegué a la puerta antes que los demás. Justo al momento de cruzar, una voz me hizo devolverme, era Luis, el líder de del Combo Caribeño, al cual yo pertenecía.

Me dijo que la Coral de las flores, agrupación súper conocida en mi país, estaba haciendo audiciones, que necesitaban voces como la mía, contralto, la más grave en una mujer. Me preguntó si quería participar, no lo pensé dos veces ¡Claro que sí! Imaginé sería una oportunidad maravillosa para aprender, conocer personas, crecer como artista. Regresé a casa emocionada, con la fe de que todo iba a ser positivo, especial, saben, esas historias fantásticas que uno se hace cuando quiere obtener algo.

Practiqué por dos semanas, solo una canción, una muy buena. No le dije nada a mis padres porque estaba muy nerviosa. Tengo ese problema de sentirme más a gusto cuando ningún familiar está cerca. El psicólogo del colegio me dijo una vez que era porque no les tenía confianza, yo creo que es porque nunca han estado ahí para mí. En fin, pensé mejor decirle cuando formara parte del grupo, porque estaba más que segura que así iba a ser.

Le dije a mi hermana porque ella es mi mejor amiga, además de que me iba a hacer menos preguntas, y esa es otra de las cosas que detesto, pero decidí ir sola.

Uno de mis compañeros del coro, Julio, me había comentado sobre las características de la agrupación. Mencionó algo sobre de que la apariencia era muy importante para ellos, por alguna razón, no logré recordar eso hasta ahora. En aquel momento entendí que ellos apreciarían mi desempeño, mi voz. Además tengo una muy buena canción. Me lo repetía porque para mí hacía sentido.

Soy negra así que, según mi abuela, nunca se debe usar el cabello rizado en ocasiones especiales porque eso quiere decir que eres una persona de baja clase, sin gusto y descuidada. Había crecido escuchando ese tipo de proverbios populares, y yo estoy colocando todas esas frases aquí, pero cuando tenía que haberme acordado, no lo hice, o tal vez era tan inocente que no le presté la atención.

Llegó el día de la audición. Me dirigí hacia el lugar. Al momento de entrar en la sala de espera, me topé con tres chicas que ya estaban en fila, que por cierto andaban muy bien vestidas. Traté de buscarles conversación con la intención de dejar la tensión atrás, de hacernos amigas, porque así de estúpida era, aunque le podemos llamar candidez para ser justos.

Se pasaron todo el tiempo mirándome como si fuera un bicho raro.  Pensé que había sido el momento más incómodo de toda mi vida, pero no, la experiencia no había terminado todavía, lo que sí pasó en ese momento fue que toda la confianza que había acumulado se me escabulló por la ventana de atrás.

Cuando me tocó hacer la audición estaba totalmente fuera de foco. Entré en una pequeña habitación que tenía un espejo enorme. Allí había dos personas esperándome con una sonrisa, demasiada falsa, pero funcional para el evento. Como mis amiguitas de la sala de estar, empezaron a mirarme como una basura, sí, así me sentía, y ni siquiera había comenzado a cantar.

Uno de ellos me preguntó el nombre de la canción, se las dije. Inicié. No mostraron ni el más mínimo interés. No dijeron nada pero lo sentía adentro, dolía demasiado. En medio del perfomance me indicaron que me detuviera, es suficiente, justificaron.De alguna manera pude aguantar las lágrimas.

Ellos dijeron que me iban a llamar, yo sabía que jamás lo iban a hacer, porque yo no los representaba.

Salí de a  habitación, irritada, aturdida. Entré en el baño, abrí el grifo. Allí el agua empezó a salir. Al mismo tiempo trataba de cambiar mi peinado, no encontraba una manera “correcta” de ponerlo. Estaba vacía, sola, me arrepentí de haberle escondido a mis padres lo de la audición, al menos me hubieran consolado, pensaba, me recriminaba.

Fue allí, en medio de la tristeza, cuando una joven salió del cubículo. Súbitamente me lavé la cara y traté de peinarme, otra vez en vano. La chica detuvo a mi lado. Le pregunté de mala manera qué se le había perdido, ella sonrió y dijo, “tienes un cabello hermoso. Me encanta.”

Marifa

Nota para el adivino

Había guardado tú número con sólo el nombre de encabezado, “Fulanito”, me parecía más cercano, más personal, más íntimo. Te sentía demasiado como para interponer apellidos entre nuestros sustantivos.

Hoy en un desesperado arranque, tomé el celular en las manos, me dirigí a los contactos, presioné “editar”, y no lo pensé dos veces: “Fulanito de tal”, ahora serás uno de tantos.

Así empezaba el poema que nunca llegué a terminar porque en verdad no pasó lo que dice que hice. Me avergüenza, porque cuando uno escribe uno supone que de lo que está ahí algo debe ser cierto, cuando no es así, aunque conecte con quien lo lee, no funciona.

En verdad quería hacerlo, pero cuando recordaba las estúpidas conversaciones, su risa maldita, su voz, el dulce timbre de su voz, la ilusión, toda esa ilusión de la cual estuve consciente, que disfrutaba, que disfruté, lo empecé a extrañar.

Aún juego con la idea de que algún día me sorprenda con un “Hola, ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo!”, y que entonces, hablaríamos hasta más no poder.  Se nos pasarían las horas entre carritos públicos, metro, trabajo y baño.

Llegaría la noche, nos despediríamos, “Duerme lindo, bruja”, me diría, “Descansa, adivino”, respondería, en sueños volaríamos donde nuestros deseos quisieran, bailaríamos un poco, con todo y sus pies izquierdos, uniríamos nuestros cuerpos hasta que el calor nos hiciera sudar.

Con la piel adornada de rojo carmesí, recitaríamos a Buesa, a Drexler, a Chocolate… sonaría la alarma, 6:35 a.m. Entraría el mensaje, “Bonjour, ¿Cómo te amanece?”, se repetiría el cuento, una y otra vez, una y otra vez…

Permanece la ilusión, eso me impide dejarlo atrás. Justo cuando estoy a punto de, mi disco duro interno empieza a reproducir escenas del más allá.

Eso de que “vienes como un fantasma” es una estupidez, a mis cortos años no he sentido uno,

a él sí, tan cierto como las once caries que tengo, molestas, de vez en cuando, dolorosas, de cuando en vez.

Eso de que “vienes como un fantasma” es una estupidez. Al espectro no lo he visto,

a él por todos lados, y lo he tocado, más bien, rozado, pero del tocar al rozar no hay mucha diferencia ¿Verdad? es como comparar la neblina con una ventisca, frío, viento, humedad, uno más potente que el otro quizá, pero lo mismo es, es lo mismo ¿Verdad? He preguntado eso dos veces, que poca creatividad, lo siento…

Ya estoy cayendo en el juego de nuevo, ¿De nuevo en el juego? Bueno, ojalá no me esté

volviendo loca… ¿y si de fantasma tiene más que de ciencia? Pero es que ya he dicho que es una estupidez, y lo sostengo… ¿Lo sostengo?

Con esos juegos mentales me atormento y les aseguro que quisiera olvidarlo, pero él no quiere. Me ha atado a sus pensamientos.  Mi alma se embriaga con exceso de “podría”, mi almohada despierta empapada de confusión.

Quisiera olvidarlo, pero él no quiere. Me envuelves en corrientes de dudas, batallo con miedos inventados, me aleja, no me deja ir. Quisiera olvidarlo. Mil límites hay en esta vida, vibran mis manos por el desgaste, estoy a punto de cruzarlos.

Cada que me decido a pasar página, me convierto en una fuente de versos interminables. Algún día tendré el valor. Algún día le escribiré, sin temor, “mi querido adivino, te digo adiós.”

Marifa

Algunos

Algunos cargan con una rabia tan grande que no les deja respirar. Se apodera de su sistema nervioso, los asfixia, los intoxica. El organismo se encarga de expulsarlo por medio de rabietas momentáneas y sin sentido que le toca a gente que nada tiene que ver. De las cuales siempre se creerán víctimas, cuando en realidad fueron los responsables.

Marifa

El chico de la gorra amarilla

Sentado en el parque está, rodeado de gente uniforme, envuelto en un ego que tal vez ignora, que tal vez conoce demasiado. Vestido de negro, con jeans ajustados, la barba abultada, las gafas gigantes. Mirándome aunque no lo miro, y sé que me mira  porque lo siento así.

La música alternativa es lo mejor, le dice  a su grupo de amigos con intención de llamar la atención.  En efecto, lo hace. Son pocos lo que se atreven a hacer semejante escándalo, son pocos los que se ponen a comparar a  Vicente García y a Riccie Oriach.

Prima tecata es el final… demasiado bueno mano… ¿Tú has escuchado Palm Beach? O sea, ahí se paran las aguas, demasiado bueno, demasiado bueno mano. Y el “mano”, siempre parado como un guanajo, repitiendo. Sí, lo mejor de estos años, sin duda alguna.

Eso lo dice todo el que carece de argumentos para discutir, pero no buscas que te respondan, no, has convertido al parquecito en el  Monte Olimpo  en donde tus lamboncillos te llevan ofrendas. Disfrazas tus discursos narcisistas de conversaciones triviales, te crees Zeus, y en general te había ido muy bien hasta que te topaste conmigo.

Al primer intento derribé tus falacias, el poder del hilo conductor te mis palabras te obligó a escuchar. Te fuiste alejando poco a poco, volviste a tu trono, el falso trono, donde te sientes seguro.

Ahora me miras desde lejos, como hacen los cobardes, porque sí solo a un gallina se le ocurre mirar, pensar, desear y quedarse quieto a que llegue respuesta de no sé qué estratosfera, mientras mira a quien no le devuelve la mirada. Solo a una gallina se le ocurre ponerse esa gorra amarilla,  pasar por mi lado e ignorarme, solo a un cobarde.

Me sobran las ganas de ir hasta allá y encararte, preguntarte ¿Qué demonios quieres de mí? ¿Por qué me miras tanto? ¿Qué esperas para dar el primer paso? No te lo mereces.  Tendrás que conformarte con el reflejo de mí remota figura, y  yo que no soy cobarde te exijo, aunque nunca me leas, que de lejos me sigas mirando, aunque no te mire.  Que no digas nada, aunque yo te sienta,  así la gente rodeada de ego  me  seguirá distrayendo solo para complacer su enfermizo deseo de seguir mirándome y no decir nada, aunque no te mire y  sienta mucho.

Marifa

 

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