¿Será que a todos se nos ha dañado el carro?

¿Será que a todos se nos ha descargado la batería o acabado el aceite? ¿Será que a todos  se hos ha apagado el vehículo en medio de la vía o en una esquina?

¿Será que todos saben dónde se abre la tapa frontal cuyo nombre siempre olvido?¿Será que todos reconocen las piezas de su motor?

¿Será que todos andamos con el agua necesaria? Los cables eléctricos, el triángulo, el celular con minutos, la licencia.

¿Será que todos están dispuestos a pasar un poco de energía sin recibir nada a cambio? ?¿Será que a alguien el vehículo nunca le ha dejado de funcionar?  Si es normal,  ¿Por qué lo vemos tan mal?

Marifa

Pintura:  ”M Train on Route to Manhattan Approaches the Williamsburg Bridge” (1995). Óleo sobre tablero, de Richard Estes.

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La gente es lo importante

 

“Quédate en casa”, dicen, “no salgas”, pero, ¿qué pasa con los que tienen que hacerlo?, con los que nunca volverán, a ellos, ¿Cómo los cuidamos?⁣

El optimismo nos mantiene vivos, la realidad nos hace humanos, y aunque nos pese aceptarlo, estábamos demasiado centrados en nosotros mismos, para percibir lo que pasaba a nuestro alrededor. ⁣

Trabajo primero, estudios después, salidas con amigos los fines de semana ¿Familia? Cuando se pudiera. Ahora estamos en cuarentena y la certeza nos cae en la cara: ¡Cuánta vida se nos estaba yendo en cosas que no valen la pena!⁣

Las catástrofes las sufríamos, de manera pasiva. “Es lamentable”, decíamos, “da pena”, sí, pero de lejitos. Ahora nos vemos todos afectados. Desde los más chaparros hasta los más grandecitos. Ni los miles de millones del más poderoso empresario ha podido frenar lo que por desgracia se ha desencadenado. Gracias les debemos a los médicos y personal de apoyo de los hospitales. Los verdaderos héroes de esta historia, que aún no acaba. ⁣

Definitivamente hay cosas más importantes, momentos más importantes, la 𝐆𝐄𝐍𝐓𝐄 es lo importante. Tuvo que venir un Virus a enseñárnoslo, quiera Dios que le hagamos caso. ⁣

 

Marifa 

Pintura: “-“, de Cándido Bidó.

 

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Adriel

 

Cuenta la historia de un niño que tenía mucho amor para dar. Tanto que no le cabía en el pecho, tanto que poco a poco le iba consumiendo.

Su mirada era clara, más pura que el agua pura, más dulce que una rebanada de mango. Caminaba por los bosques tratando de dispensar lo que en su pecho quemaba. Abrazaba un árbol por aquí, besaba un ave por allá, todos estaban contentos con su actitud, no entendían como alguien podía ser tan bueno.

De estatura no muy alta y de facciones dulces, Adriel iba creciendo en el bosque de la eterna primavera. Nadie nunca se imaginaba esa aldea sin su presencia. Era un sol, el ángel por quien tanto habían rogado.

Todo era perfecto…  a excepción de un presagio popular que ocasionalmente retumbaba en sus oídos, “algún día todo el amor que habita en ti se consumirá y acabará con tu vida”. Adriel no estaba muy seguro de qué significaba eso, sonaba muy extraño y oscuro, “tiene que ser un invento de los seres huecos”, pensó y continuó esparciendo cariño por todos lados como siempre había hecho, como siempre hizo, hasta ese día, hasta ese trágico momento.

Sucedió que todos los caminos se llenaron de niebla, ¿Por qué este cambio tan apresurado en la historia? Pues porque lo de Adriel era siempre lo mismo: dar amor, cariño, caricias y bondad. Sé que a ustedes les cansa dar vueltas en el mismo lugar, pienso lo mismo, así que vayamos al punto de giro.

Adriel, por no ver bien, se perdió. Caminó tanto, tanto, que se hizo de noche, de día, de noche de nuevo, de día, es decir, amaneció dos veces. El afecto que tenía dentro era su gasolina, “Todo pasa por algo”, se repetía. Adriel, minado de optimismo y esperanza, no logró recordar algo esencial, y yo tampoco, así que seguiré la historia hasta que podamos hacer memoria.

Posó su cabeza sobre un follaje extraño, se acomodó. Súbitamente sumergió en un sueño profundo y placentero. Abrió los ojos, algo le dolía en el pecho. Con las palmas tocó el suelo, recorrió los alrededores de lo que parecía ser una tierra agrietada y sin alma. Adriel empezó a llorar, no por miedo, sino de aflicción, el lugar donde había llegado estaba totalmente desecho. No tenía árboles, todo estaba seco.

Quedaba los reflejos de lo que parecía haber sido un riachuelo. Unas plantas extrañas con espinas, un sol que quemaba sin piedad. Piedras y vacío por doquier. Adriel no podía entender la posibilidad de que ese lugar existiera, eso le deprimía, eso lo hacía infeliz. Algo dentro se le desvanecía ante tanta desgracia. Rompió a llorar intensamente.

Como en una humareda de azúcar y chocolate, se posó sobre su cabeza una idea que no parecía descabellada, “podría funcionar”, pensó. Respiró hondo, meditó unos cinco minutos y entonces  tuvo claro qué debía hacer.

De inmediato empezó a esparcir ternura y bondad por todos lados. Les dio tiernos besos a los cactus, sin prestarle atención a las espinas que le cuarteaban los labios. Bailó sobre las desaparecidas praderas, cantó al bosque desecho, tanto, tanto, que perdió casi su voz por completo. Cortó la maleza, sembró alegrías donde no las había, donde nunca hubo. Adriel logró restaurar en un día todo lo que le rodeaba, pero dentro, dentro, Adriel no lograba descifrar que le estaba sucediendo.

Estaba exhausto, aturdido, tembloroso. Resolvió con recostar la cabeza en la verde hierva que reposaba debajo, entonces cerró los ojos, y como murmullo la frase aquella, que ahora recordamos los dos, retumbó en sus oídos: “algún día, todo el amor que habita en ti se consumirá y acabará con tu vida”.

Asustó. Intentó abrir los ojos, el esfuerzo fue en vano. Trató de recorrer con sus manos la fina hierva del verde pasto, sin resultados.  Intentó levantarse, gritar, llorar, respirar… pero el aire le era ajeno, Adriel solo podía escuchar y sentir, pero no era, ya no era lo que todos recordaban.

Se le olvidó todo, así que cuando los moradores del jardín de la eterna primavera vociferaban su nombre, no pudo responder, no sabía quién era y cómo hacerlo tampoco. Fueron semanas de tristeza las que tuvieron que pasar, de esa esperanza que les caracterizaba solo le quedaba la decisión de no rendirse y tal vez debieron hacerlo. Para ese momento, Adriel flotaba en la nada, siendo parte del todo, pero sin recordar quién era…

Marifa

 

 

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