Aquel día

Culpemos aquella llovizna en la que, sin querer, me acerqué a tus ojos aprovechando que me hablabas, que esperábamos a que acampara.

Estuve a punto de darte un beso, me detuvo la conciencia del espacio, el minutero del reloj que escuché justo en el momento en que lo intenté. Seguías hablando como de costumbre. De tus jefes, de lo cansada que te dejaban tantas horas de labor, de que tenías tareas por completar, de que nos fuéramos pronto, que el hambre te consumía, que necesitabas descansar, otra vez, y luego repetías lo del hambre también. Yo, en medio de tus reclamos, solo quería abrazarte, pero no pude.

Me negaba a aceptar que el agua te empapara, traté de convencerte sin lograr me que hicieras caso y entre justificaciones, suave como las gotas corren en la ventana, lo dejé salir: “estás demasiado hermosa para que el agua te moje”, se te sonrojaron las mejillas y a mi me temblaban las manos, pero atinaste a responder, esquivando todo intento de conquista, “Que va, si yo voy para mi casa, allá me cambio… vámonos juye, que tengo hambre”.

Insistente y terca, casi me obligas a subirme en la moto, de no haber sido por el amable seguridad que te calentó las orejas con sus convicciones campunas, nos hubiéramos tenido que ir, “joven, espere un rato, que esta jarina va pa’ largo y esta gripe da muy mala”, “Yo no sé cuando ella se ha dado buena”, respondiste, nos reímos los dos, pero al don no le hizo tanta gracia. Le agradecí la intervención porque sentí que te había distraído del momento anterior.

¿Por qué tienes esa sonrisa tan bonita? ¿Por qué no te peinas? Brujita, esas eran las preguntas que bailaban en mi cabeza mientras veía a tus labios moverse al compás de los segundos, que pasaban de prisa en el clímax de la conversación, que yo “escuchaba”. Rompiste la línea de la narración con el brusco, “Vámonos, ya acampó”. Me limité a asentir con la cabeza. Te montaste tras de mí, encendí el motor, agradecimos al buen hombre que nos salvó, y nos encaminamos hacia nuestro destino, digo, te llevaba a tu casa.

Mientras trataba de recordar cada instante de la anterior escena que ya se me desvanecía, el semáforo cambió a rojo. Frené de golpe. Te molestaste, con tus razones, y  no me lo dejaste pasar, como era de esperarse, “Eso te resta unos 30 pesos de lo que me vas a cobrar”, replicaste y me reí, porque la verdad estaba dispuesto a ser tuyo de gratis, es decir, a llevarte de gratis a donde me pidieras, siempre y cuando prometieras que me ibas a abrazar así como haces cuando te asustas.

 

Marifa

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